La cruz de hierro de Foncebadón
se construye día a día, porque son los peregrinos
los que a su paso van arrojando piedras para hacerla todavía
más espectacular.
No
es una catedral que necesita tres siglos para su construcción;
ni un palacio ni una iglesia; ni siquiera es una sencilla
ermita levantada por un santo o un ermitaño. Es una
simple cruz de hierro oxidado clavada en un tronco de madera
sobre un montículo de piedras que han ido depositando
los peregrinos a su paso y que se ha convertido en el más
famoso monumento de la ruta jacobea.